Mamba, Candy y sus potrillos

por Eugenia Lerner – eugelerner@gmail.com

Una mañana mi querida amiga Eve (que vive en Peuma Hue, una Estancia Turística, a orillas del lago Gutiérrez) me llama contenta para anunciarme:

– ¡Nació la bebé de Mamba! ¡es una potranca divina! Estoy un poco preocupada porque todavía no se para. Veremos cómo sigue, ya vino el veterinario.  

Unos días después me entero de que pese a todos los esfuerzos y cuidados que se le prodigaron, la potranca pereció. Eve me contó, muy conmovida, que la yegua corría por todos lados, relinchando desesperada cuando retiraron el cuerpito inerte de su bebé.  

Su pena se mitigó un poco cuando el veterinario le aseguró que Mamba estaría bien en pocos días, “ya que las yeguas superan rápidamente sus pérdidas”. 

Un mes después otra yegüita, Candie, alumbró un potrillo muy parecido al de Mamba. La semejanza no era casual: ambos eran del mismo padre.

Candie, que se había apartado de la manada durante el alumbramiento, regresó unos días después a la cuadrilla con su hijito, escoltada por Diego, el dedicado cuidador de caballos de la Estancia.  Cuando Mamba vio al potrillo se abalanzó sorpresivamente sobre él. Lo apartó de su mamá, Candie, seguramente con la intención de adoptarlo. Esto desató una pelea violenta entre las yeguas, patadas y coces a más no poder. Conmovida, Eve me decía: “No las podíamos separar. El potrillo recibió dos patadas y no sé cómo no lo mataron. Salió volando dos metros por el aire y se salvó de milagro. Tuvimos que ubicarlas en corrales distintos, para que no corra sangre” – Al escucharla pensé que, al parecer, las yeguas no olvidan tan rápidamente a su progenie.

La historia no terminó allí. Hace unos días me enteré de que Mamba se escapó de su corral y fue en busca de Candie y su potrillo. Esta vez no sólo no se atacaron, se unieron en el cuidado del bebé. Ayer Eve me dijo que vio a las dos yeguas correr felices por el campo junto al potrillo. ¡Qué emoción!  

No sé muy bien qué me llevó a compartir esta conmovedora historia. Quizás fue que despertó algunas reflexiones. Cuántas veces suponemos erróneamente lo que sienten los animales y las personas. Cuántas veces dañamos, sin querer, a quien amamos. Y, también, cuánto podemos sanar cuando nos conectamos con la corriente sabia de la Vida.

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